SERIE: “GRANDES FOTOGRAFOS”

“GABRIEL CUALLADÓ”

 

                        Quizás, desde esa ignota dimensión donde están los grandes, Gabriel sigue recorriendo con su cámara las calles de Madrid. Un Madrid, seguramente, muy distinto al que se encontró a su llegada y que fue descubriendo a través del visor, plasmándolo en sublimes imágenes que transcienden el tiempo y las modas.

Gabriel Cualladó siempre fue el gran amateur, un maravilloso diletante que, con una inteligente forma de mirar y sin más artificio que su sencillez y su humanidad, llegó a lo más alto en la historia de la fotografía española de la segunda mitad del siglo XX. Desde el principio su obra fue muy valorada, teniendo gran reconocimiento incluso internacionalmente y llegando por ello a ser larga y merecidamente premiado. La Medalla de Oro en la exposición del Museo Fodor de Amsterdam, El Premio Nacional de Fotografía y la Medalla de Oro del Circulo de Bellas Artes de Madrid, son solo una pincelada de los muchos reconocimientos que ha obtenido.

                        Gabriel nació en 1.925 en Massanassa (Valencia), dedicando su infancia y adolescencia a las labores del campo a la vez que asistía a clases nocturnas. En 1.941 se traslada a Madrid para trabajar en la empresa de su tío, que llego a dirigir a partir de 1.949 y que dejó convertida en una de las empresas de transporte más importantes del país.

                        De su interés por la fotografía ha de considerarse responsable involuntario a su primer hijo, pues fue éste, el sujeto de sus primeras imágenes obtenidas con una cámara “Capta”. Después le seguirían una “Retina” y una “Rolleiflex”. Aunque su intención primera era tener solo unas fotos familiares, inmediatamente se vio atraído por la fotografía y comenzó una formación autodidacta. Atesorando revistas como “Arte fotográfico” fue adquiriendo conocimientos y su particular manera de mirar.

                        Empezó fotografiando su entorno familiar, retratando a las personas más cercanas. Sus retratos son limpios, desprovistos de cualquier otra intención que no sea reflejar la humanidad, dignidad o ternura del retratado. Con una maravillosa sencillez y facilidad  logra hacerse casi invisible, pasar desapercibido para ceder todo el protagonismo al retratado. El tratamiento cuidado de la luz y sus enérgicos positivados, les confieren igualmente un aura mística y poética difícilmente igualable. La cara de la “nena” recostando su cabeza en el hombro de “angelita”, mostrando toda la ternura de la niña, que buscando la protección de la madre, a la vez transmite la certeza de tenerla; y una madre que nos envía la serenidad de su mirada y el gesto tranquilo de una incuestionable dignidad, nos muestran una imagen de una absoluta sensibilidad y belleza. La “gitanilla” de Langreo que en medio de un vertedero nos ofrece una preciosa sonrisa, nos habla de la capacidad del ser humano de buscar la felicidad incluso en medio de la miseria, de elevarse por encima de la inmundicia del mundo para seguir viviendo a pesar de todo. O el gesto adusto del “camarero en la boda de Penella” que muestra la determinación de quien sabe qué lugar ocupa y cuál es su cometido, atento a cumplirlo con diligencia mientras es observado casi clandestinamente desde detrás de una columna. Gabriel supo transmitirnos la personalidad y la vida de la gente que retrataba, de una forma magistral.

En el año 1.956 entro a formar parte de la Real Sociedad Fotográfica de Madrid donde trabó amistad con otros fotógrafos con los que compartió inquietudes e ideas. Pronto se dio cuenta de que quería hacer algo distinto a lo que entonces imperaba en la fotografía española. Quiso dejar atrás el salonismo y el pictorialismo para salir a la calle y fotografiar a la gente, para acercarse a una fotografía más documental y de reportaje. Con esa intención, con Francisco Ontañon, Francisco Gómez, Cantero, Ramón Masats y Rubio Camin formó el grupo “la Palangana” que fue el germen de lo que después se llamó “La escuela de Madrid”. Un grupo de artistas que quiso romper con la anquilosada y hermética fotografía del momento, espoleados por muestras como “The family of man” de Steichen.

En 1.957 se integró en “AFAL”, agrupación fotográfica Almeriense innovadora y renovadora que, durante años, representó un soplo de aire nuevo en el hacer fotográfico del país. Unos visionarios que apartándose de la tediosa fotografía que se venía haciendo, se dejaron abrazar por el neorrealismo que llegaba de Italia y por una manera de utilizar la cámara más realista y más humanista. Llegó a ganar el premio AFAL con la fotografía “Niña”. No fue su único contacto con Almería, pues décadas después fue invitado a participar en el proyecto “IMAGINA” impulsado y organizado por Manuel Falces en ésta capital.

Gabriel era un fotógrafo de personas. Sus imágenes, con raras excepciones, están protagonizadas por la figura humana, o por las huellas que ésta va dejando en el paisaje. Su fotografía es directa, sencilla, sin apenas intervención posterior a la toma que no sea un cuidado exquisito de la luz. No necesita discursos artificiosos ni explicaciones sofisticadas, ya que sus fotos hablan por sí solas. Ni siquiera buscaba títulos más allá de una frase puramente descriptiva.   Así, el Madrid descarnado y gris de los años 50 y 60 cobra una viveza y un realismo brutal bajo su visión. Su portentosa mirada, nos regala composiciones realmente brillantes en imágenes a veces serenas, a veces sobrecogedoras, pero siempre narradoras de la vida difícil y humilde de aquellos años. Un niño que nos mira sentado en una acera de la Plaza Mayor, mientras la vida y la gente deambulan a su alrededor aparentemente ajenos a él; como ignorantes de lo que se esconde en el plano inferior de una vida acomodada. La imagen de una mano indolente asomando por la ventana de la cervecería alemana que nos oculta, pero a la vez nos sugiere la posibilidad de una charla ante un café humeante. Una anciana sentada en la estación de Atocha, ensimismada, esperando quien sabe que tren, con que incierto destino. Son reflejos impresionantemente elocuentes y, sin embargo, registrados con una belleza digna de un verdadero artista.

En 1.962, invitado, junto a otros fotógrafos, por el Ministerio de Turismo francés, realizó un trabajo sobre Paris. Un reportaje, o como él prefería definirlos, un ensayo donde vuelve a mostrar la vida de la ciudad, su paisaje, su gente. Caras que nos miran, cercanas, lejanas; figuras que deambulan, a veces expuestas, otras veces solo  insinuadas por unos pies que caminan presurosos. Gabriel se ubica, se deja sorprender y despliega su imaginativa mirada de gran fotógrafo para conseguir, una vez más, regalarnos unas imágenes portentosas.

Su trabajo sobre el Rastro es otra muestra más del realismo, no exento de la incuestionable humanidad, que impregna toda la obra de Gabriel. Vuelve a verse a las personas; vendedores, compradores, rodeados de infinitos objetos en interminables puestos en los que se pone a la venta hasta el alma, si es preciso. Plasma, con su maravilloso y eterno blanco y negro, ese cosmos donde conviven los rostros humildes con las miradas picaras de quien busca el sustento sin muchos remilgos. Rostros casi desafiantes, o anónimos, ocultos en la sombra bajo el ala de un sombrero mientras ofrecen su mercancía.

Gabriel volvió a su Valencia natal para “regalarnos” una maravillosa visión de “La Albufera”. Con su fina sensibilidad y su delicado y siempre emotivo tratamiento de la luz, nos acerca a la vida sencilla de la gente que la habita, a sus hogares, a sus gestos, a sus quehaceres. Son imágenes que nos muestran simple y llanamente lo que allí se puede encontrar. Sin dramatismos, sin recursos efectistas que desvirtúen la serena cotidianeidad del lugar y el momento.  

En sus ensayos sobre “Arco” y el museo “Thyssen” se reinventa. Explora nuevos puntos de vista, nuevos ángulos. Nos muestra las actitudes de la gente en esos espacios, ante las obras que contienen, de pie frente a ellas, sentados en un rincón, cruzando espacios de luz. Una vez más nos sobrecoge su inimitable manera de mirar y componer.

Pero Gabriel Cualladó no solo fue un gran fotógrafo, sino también un gran amante de la fotografía. Fue pionero del coleccionismo en España, llegando a reunir casi 700 originales de fotógrafos de todas las épocas que cedió en depósito y hoy residen en el IVAM con gran parte de su obra. Sin más criterio que su exquisito gusto, fue atesorando obras que llegaron a configurar la que hoy es considerada de las mejores colecciones fotográficas del país. No solo invirtió dinero en ellas, sino que, incluso, tuvo la grandeza y también la humildad de intercambiar muchos originales suyos por obras de otros artistas.

En 2.003 se nos fue un gran artista dejando huérfana a la fotografía española de uno de los grandes referentes de una época, de uno de los valientes y arriesgados renovadores que la llevaron a otra dimensión. Pero sobre todo, a decir de los que lo conocieron, nos dejó un gran hombre. Un humanista convencido que supo, de una manera sublime, impregnar toda su obra de ese caracter.

 

José Miguel Martínez García

Publicado en el núm. 7 de la revista digital del “Grupo Indalo-Foto”
Mayo 2.015